viernes, 4 de marzo de 2016

QUIÉN LO DIRÍA

Por Leonel Alfonso Quiroz Guzman 

No se vanagloriaba de la sutil belleza que la acompañaba. Regresaba, lentamente regresaba y sola se quedaba. En su trayecto vacilaba, jugueteaba, a sus hermanas no encontraba; luego erraba. Erraba con movimientos dispares. Se confundía, se detenía, miraba, corría; ahora caminaba, andaba, yendo se apaciguaba. A nadie escuchaba. Se debatía con gran parsimonia, mas no con melancolía –incluso con alegría–, por el camino que escogería, al cual se entregaría para llegar a la abadía. Tal vez, se distraía; quizá, contemplaría el panorama que avistaría, pero el camino seguiría. Esta vez intuía, pronto llegaría. Fue una suerte de epifanía. Al dar unos pasos quebrantaría la inseguridad que cargaría. ¡Qué exquisita anatomía! Y ninguno la adularía. Curioso sería, ver que se entorpecería cuando a su destino llegaría. Antes pasaría junto a una planta de judías en frente de la abadía. Entonces, un hombre saldría (cosa que a ella no le importaría). El hombre partiría, pero antes se desviaría y se resolvería a recoger el fruto de aquella judía. Sería allí, donde en un descuido, aquel desconocido, la mataría, y su historia acabaría… ¡Qué agonía!

Eso hubiese sido lo que hubiese sucedido si la hubiese afligido acto tan despavorido. Por fortuna, la pisada que aquel hombre daría, no alcanzaría a doblegar la correría que aquella hormiga protagonizaría… ¡Quién lo diría!



miércoles, 2 de marzo de 2016

FUE FÁCIL VER AL GRILLO

Por Julian David Aranguren Gaona

Fue fácil ver al grillo, aun desde tan lejos. Un verde distinto al del moho de por acá. No se vale decir: punto de moho acercándose. O: pared teñida de grillo. Qué tal. Puestos a contar, aquello fue notar sólo los contrastes en color y en sonido, porque todos sabemos cómo hace un grillo. Un verde más y más intenso, y gorjeos más y más claros; pam, para dentro. Ligero dolor, raspa un poco, pero sobre todo: gorjeos sólo para mí. Lo demás, descripción: vivía con tres, con otras gentes, en un piso pequeño, lleno de verde (pero nunca verde grillo. Qué tal). Luego más eventos. Ver que todo es más grande, ver que ya no ando sino salto, ver que el gorjeo sale a lo voz cantada, ver que todos me ven, ver que todos me oyen, ver que todos hablan, no entender qué hablan, pensar que dicen “punto de verde acercándose”, pensar que no dicen “verde moho”, qué tal. Luego me acerco, luego salto y me acerco. Veo esa oreja: tentadora. Le duele, le raspa un poco. Luego darle a ése un gorjeo privado. Darle al mundo el amparo de eliminar la multiplicación de los hombres.

EL CARGADOR DE MUERTOS

Por Hernan Dario Oquendo Lopez

_Otra vez soñé con lo mismo Carmenza. Llevo tres noches soñando que a Francisco Vargas lo matan en el potrero que es de don Agustín, el que queda arriba en la Quiebra. Y yo bajo al pueblo cargando con él a la espalda.
_ ¿Pero quién lo va a matar Carlos Arturo? si ese señor es muy buena gente. Póngase a pensar: ¿por qué él va a subir a la Quiebra? si se la pasa todo el día en la tienda.
_ Ayer escuché en el pueblo que están volviendo por aquí. Usted sabe que para ellos cualquiera es culpable.
En los tiempos de Conrrado a Carlos Arturo le había tocado cargar con varios muertos a la espalda, traerlos de donde los habían matado. Se acostumbró a cargarlos porque nadie más en el pueblo se atrevía. Sin embargo, soñar con tener que hacerlo de nuevo le hacía vibrar la sangre. No es que fuera supersticioso y estuviera viendo el sueño como una premonición de que a don Francisco lo fueran a matar. Carmenza su esposa tenía razón: ¿Por qué lo harían? y ¿quién? si después de que la guerrilla matara a Conrrado y a los quince muchachos en la  emboscada de la Quiebra, a nadie más de esa gente se había visto en el pueblo.
Pero de todas formas se pasó el día en el corte de caña preocupado. Y fue por eso que ver a un desconocido preguntando  por Francisco Vargas le  dió mala espina.
_Yo no sé quién es ese.
_ ¿Quién me podrá decir donde lo encuentro?, tengo que decirle algo.
_El no vive por aquí.
El hombre cogió la trocha y se fue. Carlos Arturo caminó a su casa.
_¿Qué te pasa Carlos Arturo, estás pálido?
_ Un forastero está preguntando por don Francisco.
_¿Seguís con lo del sueño? el tiene negocios con mucha gente, debe ser algún cliente.
_ Ese sueño me va a volver loco Carmenza ¿Tendremos que aguantar otra vez esta bendita intranquilidad?
Carlos Arturo se lavó los pies con agua caliente y se acostó. Durmió pero no soñó. Lo despertaron los disparos que venían del lado de la Quiebra, de allá del potrero de don Agustín.
_ No salga Carlos Arturo que esa gente volvió.

_ Voy por el muerto Carmenza. No me espere para desayunar.

CAMBIO CLIMÁTICO

Por Alvaro De Jesus Lema Tapias

Venía de una zona lejana donde los recuerdos son un lastre, a pesar de lo cual el día que oyó hablar de ilusiones quiso construir las suyas.

Lo primero que haría sería conseguir trabajo y efectivamente lo logró: andar errante tocando puertas que se cerraban instantáneamente. Sólo había trabajo para los hijos de los que jamás tenían que presentar hojas de vida, pues su nacimiento se los garantizaba ¡y con que salarios!

Con su escasa ilustración y la ayuda de otros intentó soñar: ser hijo de presidente o de algún ex, eso le facilitaría la vida y, a sus escasos 26 años, lo volvería asesor de cualquier temática relacionada con su país… pero, el único presidente que conoció era el de una junta de acción comunal que mató un grupo insurgente.

No estaría mal ser hijo de un político notable, ello le procuraría sin ningún esfuerzo ser hasta presidente del senado o la cámara de representantes. Pero la única cámara que conocía era una de torturas a que lo habían sometido por salir de una zona a la que el mismo estado no podía entrar, entonces fue condenado por no poder responder: - ¿cómo pudo salir de allí y, además con vida?

Y así recorrió uno a uno los diversos sueños que la conversación cotidiana ponía a su alcance, como ser hijo de un artista famoso, pero el único cercano en su juventud solo pintaba paisajes con metralleta, ser hijo de un magistrado, pero esta palabra ni siquiera la entendían los que ostentaban ese cargo, así que desistió y fue agotando posibilidades… hasta recordar que sabía llorar.

Llorar, era la última ilusión que intentaría, pero no le brotaron sus lágrimas, el cambio climático y su extraño país colombia también se las habían secado.

“secal”

GRISAZULADO

Por Diana Lucía Giraldo Charria

Sin un nombre más que vacilante y tan intangible como la niebla, sus pasos no construían caminos, andaban para huir. Había inventado un mundito en el que su Álter ego, no-tiempo, y él convivían sin preguntas, sin respuestas y sin otro placer común que el de regocijarse en sus atemporalidades.

No-tiempo como buen Álter ego, se alimentaba de los artificios de una vacilantemente, que por definición errónea y defectuosa sinapsis emitía “casi todo” lo contrario a cuanto quería. Por el azar y alineación de los astros, “casi todo” no era “todo”, y en los instantes de la correcta sinapsis cual espesa niebla que era, impregnaba todo cuanto tocaba dejando breves huellas de tiempo tan grises como azules. Ocurría solo en las noches; afortunadas noches en que la calidez del alma salía por ojos y piel, y se permitía ser, no huía y en cambio pertenecía al espacio de una certeza efímera llamada "27 horas". Tic tac tic tac, agua tic tac, evaporación y entonces de nuevo niebla.

No volvieron a cruzarse nuestras palabras, y por ello entendí que la niebla no se predice, tan solo se vive; que se trataba de ir y venir, rápidamente yo fui y no volví, me quedé en y con los momentos que la niebla me regaló, momentos con promesa de lluvia y un abrazo impregnado de “dejemos que el azar nos decida”. Al fin y al cabo también yo soy niebla.

EL LOCO Y LA FAMILIA TRAGÓN

     Por Francisco Javier Mafla Hernández
                                                                                                          

                                                                                                        … A los ciegos.


Estando un día en plaza departiendo con la visita, a  la familia Tragón acercóse un singular de nombre igual; un llamativo personaje que venía sacando pulgas a un perro caliente y así hablo:
Señorita, señorita… Si usted, la que atiende tráeme un papel y un lápiz que os vamos a contar los vasos de leche que en esta mesa hay
Disculpe no puede estar aquí respondió la señorita.
Trae un lápiz y un papel mujer continuo el llamativo.
…Y así prosiguió durante unos minutos. La madre de los Tragones una señora amable  que vestía en armiños y perfumaba el lugar con  leche tibia de  teta pública típica de la alta cleptocracia del país de los cien años,   dijo con tono sonante, déspota y córtes:
Se va a unir a la jerga señor a lo que el llamativo respondió:
Claro que si mi señora y mis doctores pero antes solo quiero un lápiz y un papel —.  La señorita por un gesto de mando de la señora Tragón inmediatamente se puso a buscar lápiz y papel entre las basuras del negocio. El singular hombre mirando con risas y locura a la señorita dijo así para todos: Afane con el papel y el lápiz porque ya no vamos a contar sino a dividir la leche de los siguientes años.
Salió gritando y riendo.

Pensé, solo un brindis de leche tibia y manantial  al inicio de la ruta basta para el hombre, los demás son brindis robados de otros niños que se quedaran pequeños toda su vida  ¡Oh, ese niño lo llamaremos el pueblo! 

EL CONCEJO DE LOS LOBOS

Por Jorge Luis Vélez Agudelo

En un lejano pueblo acentuado en la región del Levantte convivían —si se puede denominar así a la forma de vivir de sus pobladores— tres especies distintas sobre una misma arena. Aquella pequeña ciudad se llamaba Néguev y estaba poblada por lobos, cerdos y ovejas. Resulta que dicha sociedad estaba regida por un sistema de castas, en lo más alto de esta, estaban los lobos, quienes tenían plena potestad sobre el concejo, encargado de temas como la alimentación, la tributación y el orden, entre otros. En lo más bajo estaban las ovejas, reconocidas labriegas que trabajaban la tierra con el objetivo principal de alimentar a todo el pueblo, según la corona dispusiera. Y en el limbo de la población, estaban los cerdos, prósperos mercaderes que bajo el odio de los lobos y el recelo de las ovejas acumulaban importantes riquezas. Hasta ahí, todo bien, como formas muy propias de las sociedades arcaicas, de no ser porqué los lobos históricamente se sirvieron de las ovejas, tanto por su carne como por su buen manejo de la tierra. Ya cansadas de semejantes vejámenes, las ovejas comenzaron a reducir la cantidad de granos y cereales producidos, a la vez que comenzaron a desplazar entre grandes protestas a las ovejas más  jóvenes (fuertemente apetecidas por los lobos) a zonas recónditas del desierto; plantearon que para dar vuelta atrás a dicha decisión el concejo de los lobos  debía acoger algunas de sus propuestas y darles participación. En dicha situación los cerdos no interfirieron, pues lo lobos bajo sus misteriosas creencias se prohibían el consumo de carne de cerdo a la vez que reducían al mínimo el contacto con ellos. Ante la irremediable posibilidad de perder a los labriegos y su jugosa carne, los lobos decidieron realizar una apertura en el concejo y ofrecieron ampliar el número de participantes en él, constituido especialmente por las 6 principales familias de lobos, se propuso ampliarlo a ocho y dar dos puestos para las ovejas con pleno uso de su voto en todas las decisiones, pero con el mismo pleno compromiso de no cuestionar las decisiones. Altivas y triunfadoras las ovejas reanudaron a sus rutinas y enviaron a las ovejas más respetadas a participar del concejo.  Allí, se trató la crisis de alimentos y como retaliación de los lobos se propuso semanalmente el sacrificio de diez ovejas con el fin de consumir su carne, la votación concluyó con una relación de dos votos en contra y seis a favor. Así siguió la vida en Néguev, las ovejas siguieron sembrando y alimentando a los lobos, inclusive con su carne, en tanto, los cerdos por ser cerdos no se vieron afectados por la mera superstición de los lobos.